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Imagen de Zenhaus |
Había una vez
un poblado indio al que llegó un forastera. Hablaba un poco raro, tenía la piel
muy blanca, unos ojos azules que asustaban al principio porque nadie en el
poblado había visto nunca unos ojos de ese color, además nunca llevaba zapatos, por eso en
aquella tribu la llamaban Pies Negros.
Pies negros
era curandera, una curandera muy especial, curaba con las manos y con los pies
y eso no lo habían visto nunca los curanderos de la tribu: ella curaba
torceduras y problemas musculares. Cuando alguien había estado mucho tiempo
enfermo y se había olvidado de caminar,
Pies Negros podía ayudarle a recordar la manera de hacerlo, para ello se
ayudaba de los pies. Sus pies parecían los pies de un mono: con ellos era capaz
de agarrar los pies de los demás y enseñarlos a pisar bien en el suelo. Además,
a Pies Negros le gustaban los caballos y también curaba con los caballos,
cuando un niño estaba malito, Pies Negros lo paseaba a caballo y mejoraba poco
a poco. Incluso los niños que no podían andar, se ponían más fuertes y eran
muy felices montando a caballo, cuando
los niños montaban con ella a caballo
veían pájaros volar y los señalaban, Pies Negros les decía: algún día
volareis como los pájaros. Entonces los niños bajaban de los caballos, buscaban
las plumas que se les caían a los pájaros y se las regalaban a Pies Negros, que se las
ponía el pelo para adornarse.