jueves, 30 de enero de 2014

Té y espiritualidad

té, tetera, sahara occidental, té amargo como la vida suave como el amor y dulce como la muerte
Tetera moruna. Imagen de Chosivi


Soy un gran aficionado al té, el té ha marcado mi vida. Mis primeros años los pasé en Sahara Occidental, donde trabajaba mi padre. Mi familia trajo de allí la costumbre de tomar té moruno. Se trata de un té verde, de variedad gunpowder, aderezado con abundante hierbabuena y al que se le añade una gran cantidad de azúcar, que se posa en el fondo de la misma, y ahí empieza la espiritualidad del té:


Mi madre trajo una tetera como equipaje del Sahara. Eso y pocas cosas más, aquel día en que asustada, tuvo que hacer la maleta y salir de allí volando en un avión de carga militar, con sus dos hijos bajo el brazo. No la acompañaba mi padre, sino el resto de mujeres y niños (muchos de ellos mis tías y primos). Ya lo dicen en las películas: "las mujeres y los niños primero". Con el tiempo los hombres también volaron de allí y casi todo se arregló, digo casi, porque hay un pueblo entero que todavía pena en el desierto.

Desde entonces, y con esa tetera, mi madre preparaba la ceremonia del té saharaui: té verde, hierbabuena, y mucho azúcar dentro de la tetera, con agua muy caliente pero sin llegar a hervir. Entonces esperábamos, el  té enseña a esperar, disponía los vasitos pequeños y coloridos y yo escuchaba sus palabras:

-Esto me lo enseñaron mis amigas, las moras del Sahara, el té se sirve tres veces: el primero es amargo como la vida, el segundo suave como el amor, y el tercero dulce como la muerte.

¡Qué filosofía!, propia de nómadas del desierto -en realidad, eso es lo que somos todos- viviendo una vida amarga que se asemeja a la astringencia y fuerza del primer vaso de té. Un primer té que apenas conoce el dulzor del azúcar. 

El segundo vaso es suave, la vida se va endulzando con la presencia del amor, ahora los tragos son más amables. Cultivando el amor superamos la amargura.

El tercer vaso es muy dulce, ya que arrastra con todo el azucar asentado en el fondo de la tetera, este último vaso es el más difícil de interpretar para mí. Quizá se refiera a que quien se ha cultivado a si mismo y compartido amabilidad y amor con sus semejantes pueda sentirse satisfecho y degustar el final de su vida como un dulce trago. Yo todavía no lo comprendo, ella seguro que sí.  

Ahora soy yo el que prepara el té moruno y repito las tres frases, algún día las comprenderé, disfrutaré el dulzor y alguien heredará la tetera.

4 comentarios:

  1. Yo también lo bebía de pequeña, y a él le echo la culpa de no haber crecido tanto como mis compis que tomaban colacaos o mi hermano que prefería el neskuí. El té que tomábamos en casa era negro, en bolsa y con una nube leche, aunque mi madre prefiriera la borrasca entera. A veces llevaba canela. Salvo por este especiado detalle, era el típico té inglés, el que se tomaba en nuestro vecino Gibraltar, el que se ha tomado desde siempre en mi pueblo.
    Aún lo sigo tomando, aunque ahora sin leche, verde, rojo, blanco, y con otras mil pergoñetas.
    Tú té, mi té.
    Todos los tés vienen de un té primigenio. Ese que tomaban Adán y Eva con sabor a manzana en su saloncito tan cuco del Jardín del Edén, todo rodeado de palmeras. Ese té que al final, tantos disgustos les dió.

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    1. preciosa analogía primo. Sabia algo pero no tanto. Lo cuentas bonito. Yo también tengo una tetera..
      unas zapatillas y un vestido ...
      Hace poco mas de un año estuve por primera vez en AFRICA. La primera vez en 39 años, que pisaba esa "arena"...mi arena..
      Lo supe cuando estuve allí. Los colores brillantes, la tranquilidad, casi lentitud, pero sobre todo las angostas calles y los olores...Sobre todo los olores, me hicieron sentir aquel pueblo como parte de mí.
      Yo también era una de esas niñas, si.
      Yo también tomo té.
      Y yo también tengo una tetera.

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    2. Muchas gracias por tus palabras, me alegro de haber evocado en ti esos sentimientos. Tomaremos un té pronto.

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  2. Cuan sabia tu visión, querida María...(un amigo mí va a tener razón cuando dice eso de que "la María siempre da buenas visiones")... formamos parte de esa tradición primordial de preparar y compartir el té, la amargura, la suavidad y el dulzor... desde los primeros padres...

    También me gusta ese té negro inglés del que hablas, daría cualquier cosa por poder volver al pasado y tomar contigo ese té de borrascas entre la Linea y Gibraltar, todo ello escuchando a Mozart.

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